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La vida en pareja y sus dificultades

Muchos preparativos, tanta organización, la fiesta, dos familias en danza son signos de que el matrimonio es un paso decisivo. Los festejos humanos revelan la trascendencia de determinados hechos. Y es bueno que así sea…
Todo ello pasa… Es tiempo de pensar, se acaban los libretos, los manuales sobre la existencia, los consejos recibidos. Es el momento de vivir; de vivir un vinculo. El vínculo que sostiene al matrimonio es un sentimiento de apego, es una relación profunda, fuerte, integral, de un hombre por una mujer y viceversa, con un proyecto en común para adelante, pero como todo lo humano esta sombreado con las dificultades, con los claroscuros…
No es hablando como se construye un vínculo. Y tanto hablamos de dialogo. Hasta ahora hemos hablado y mucho: también hemos compartido y mucho.
Pero aparece la cotidianeidad, la convivencia, el cada día para el que nunca fuimos preparados.
El vínculo es un lazo que se construye de a poco, primero a la distancia, con miradas, gestos. Acercándonos cada vez más en una proximidad más rica y comprometedora. No nos unen las ideas, nos unen los tiempos, los ritos compartidos, los espacios, las ayudas, los silencios, las sutilezas, las dificultades y también la palabra. ¡Estar ahí! Elegir y amar a alguien es responder por el elegido, saber que voy a estar y voy a esperar y saber que responden y esperan por mí.
¡Cuando me esperan la vida cobra más fuerza! En la aproximación y en el encuentro surge el paraíso de lo compartido, pero de a poco o de repente aparece la diferencia.
”Me gusta charlar por la mañana”. “No soporto los ruidos al levantarme”.
No podemos entenderlo, como entendemos un lavarropas o una computadora: es y será en cierto modo impredecible y yo también lo soy y lo seré. ¡Y esto es así y para siempre! ¡Qué problema..!
Aprendamos a conocer lo que somos.
Cada uno porta su propia mochilita de historia familiar, una serie de normas y mandatos, a veces cosas claras sobre “lo que no haremos jamas” que sentimos como verdades absolutas.
El otro carga la suya, con su propio ritmo, su humor, su estilo, sus mejores y peores momentos del día. No somos iguales, lo sabemos pero no lo terminamos de digerir. Nos educaron en lo de “como dos gotas de agua”, “media naranja … ¡Fantasías! ¡Espejismos!
La realidad es diferente. Del intercambio de asimetrías, el interjuego de las mismas de lugar a la profundidad y maravilla del vínculo, que cuanto más hondo, más potencia y enriquece a sus partes.
Lo nuestro no es trueque, no es intercambio, es regalo pero consensuado. La vida afectiva, como la vida social y política supone consensuar, ceder, dejar para dar lugar al surgimiento de algo nuevo, mejor.
Pero dejar, servir, dar, regalar, no significa dejar de ser yo mismo, no está en juego mi identidad, quién soy sino mi crecimiento.
Para poder vincularme y seguir siendo fiel a mí mismo y a mi propio deber de crecer y ser mejor y también ser fiel al crecimiento del otro, hay un paso previo de separación, de perdida, sin lo cual nada de esto es posible.
Establecer con profundidad, con felicidad un nuevo vínculo, el de marido y mujer, supone la posibilidad de abandonar el lugar cuidado, protegido conocido de hijo para adentrarse la aventura de construir algo nuevo, hilo a hilo, paso a paso, a partir de dos que dejando algo quieren construir con arte, trabajo, paciencia v humor un lugar mejor v diferente.

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