Archivo de la categoría: Vivir en pareja

El rol del hombre en la pareja

Hoy una pareja sin hijos es también una familia, una pareja de personas que se vuelven a casar es una familia, una pareja que incluye como hijos a “los tuyos, los míos y los nuestros” es una familia. Los hijos que no siguen ciegamente los mandatos paternos son parte indisoluble de la familia. Si en una pareja ella se dedica más al trabajo y él más al hogar son una familia.

Un cuestionamiento del estereotipo tradicional masculino [“macho”, fuerte, decidido, ocultador de sus sentimientos, alejado fe la ternura, insensible a la vulnerabilidad, etc.) y hoy muchos hombres se cuestionan la formación recibida como varones y se preguntan o buscan formas de vivir la masculinidad que les permitan expresar todo su potencial de personas en lugar de quedar limitados a unas cuantas características rígidas y «puntualmente empobrecedoras. Esto hace que modifiquen sus comportamientos como padres, como maridos, como hijos, como hermanos, como “jefes de familia” en fin.Todo esto lleva a una conclusión simple en apariencia y compleja por debajo de la superficie. La pareja ya no es lo que era (aunque a base y alimento indiscutible sigan siendo el amor y el compromiso emocional) y, por lo tanto, tampoco lo es la familia que esa pareja funda.

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Consejos útiles para entenderte con tu pareja

Las cosas por su nombre: Debido a la presencia de mitos y de creencias muy arraigados, esta sea suele tomarse (o rechazarse) con cierta aprensión. Como si al vincular a la relación afectiva con una cuestión contractual se la estuviera “ensuciando”. Pero un contrato no es más que el crecimiento de acuerdos y reglas de juego claras entre dos partes que a emprender juntas un camino. La ceremonia de la boda consiste, de alguna manera, en comprometerse al cumplimiento de un contrato. Y el sacerdote (o el juez) legaliza ese convenio. El consejero familiar John Bradshaw reflexiona en su libro Creando amor (nombre de un famoso programa de televisión que él mismo conduce desde hace años en Estados Unidos y Canadá): “Frases como para lo bueno y para lo malo, en la salud y en la enfermedad o hasta que la muerte nos separe suenan todas muy bien, pero ¿quién arregla el depósito del inodoro cuando está rebalsando, ¿cómo vamos a administrar el dinero? o ¿quién va a lavar la ropa  y quién va a hacer la comida?”.Basta con que éstas y muchas otras eos(algunas tan “simples”, otras más profundas se den por sentadas o por sabidas, basta   con   que queden implícitas, para que semilla de la desilusión haya sido   plantada.   Creo establecer las reglas de juego de una pareja es, más que conveniente, útil, urgente y necesario. Eso se llama contrato v nada tiene de malo darle es* nombre. Bradshaw advierte que hay dos tipos posibles de contrato en estos casos. Uno que podemos establecer como adultos (y es lo deseable) y otro como niños. En este segundo caso el que toma la iniciativa es nuestro niño interior. Ese niño (aún necesitado, muchas veces lastimado) usará palabras absolutistas, como corresponde a un chico: “todo”, “siempre”, “nunca”, “jamas” niño interior de cada miembro de la pareja es el que firma el contrato, su demanda será constante, insaciable, ilimitada, constantemente pretenderá que el otro esté a su servicio, que satisfaga sus deseos y que, en fin, le reconstruya el perdido paraíso de la infancia. Gritará, reprochará, a veces insultará.

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El matrimonio y su letra chica

“Si me queras, deberías saber que no me gusta que me hagas esperar”.——————–“Si me amaras no me pedirías esas cosas,—————–“Si pensaras en mí, me hubieras regalado ese objeto que tanto quiero”.—————“Dejé que eso quedara ahí durante cinco días para ver si te dabas cuenta, pero al final tuve que hacerlo yo”.—

…y la lista de frases como estas puede continuar hasta el infinito ¿Quién puede decir que nunca las pronunció o que, lo meno jamás las escuchó? Todas tienen un denominador común. Indican que el amor, por su sola presencia, debería convertirnos en adivinos infalibles, o e expertos lectores de la mente ajena. Y si bien las características, cualidades y la esencia del amor son motivo de profundos estudios, reflexiones e investigaciones desde hace muchos siglos, sin que se haya encontrado una definición final e inmodificable, hav algo que se puede asegurar. El amor nos hace atentos, intuitivos, sensibles, comprometidos, creativos, etc., etc., pero no ios convierte en lectores de la mente.v a menudo, en la relación amorosa ocurre como en los negocios, como en el mundo laboral o como en el ámbito jurídico: que no está explícito, no está implícito. En caso contrario aparecen las falsas expectativas, los reproches injustos, las frustraciones dolorosas, los resentimientos ocultos. Y las frases con las que comienza esta página son síntomas o evidencias de esos factores. Y qué es hacer explícitas las expectativas, los deseos, las necesidades, los   gustos,   las cumbres personales por parte de cada uno de los componentes de una pareja? Es, nada más ni nada menos que establecer las bases para la formulación de un contrato matrimonial.

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La vida en familia según los expertos

George Bernard Shaw, fue un lúcido y célebre intelectual inglés del cual quienes no leyeron sus textos ni vieron sus obras, seguramente han escuchado algunas de sus agudas reflexiones. Hay dos tragedias en la vida; una es tener todo, la otra es no tenerlo“. Esta frase tiene una estrecha relación con algo que cuentan Andrew Schwebel y sus hijos Robert y Milton, todos ellos experimentados investigadores de los vínculos familiares: “Oímos a innumerables pacientes atrapados en un gran dilema; no pueden vivir con sus familias, pero tampoco pueden vivir sin ellas. Ellos mismos dicen después: “Una civilización que es capaz de enviar astronautas a la Luna tiene que poder descubrir modos de quitarle el dolor a la vida familiar sin reducir su amplio potencial de placer”. Seguramente los Schwebel tienen razón. Sólo hay que reparar en un pequeño detalle: ¿de qué hablamos hoy cuando hablamos de familia? Hasta no hace mucho cualquier persona adulta podía hacer memoria y recordar con facilidad de qué manera transcurrían los días, las semanas y hasta los años durante su infancia y su adolescencia. Podía describir qué roles cumplía cada quién dentro de la estructura de su familia. Podía recorrer una y otra vez la escena de las comidas domingueras, de las reuniones navideñas, de las vacaciones veraniegas. Y podía ennumerar una larga serie de ritos que se cumplían inexorablemente.

Sin sorpresas.
Durante décadas y décadas no hubo cambios en el modelo familiar. El hombre reinaba desde el umbral de la casa hacia afuera; la mujer desde el umbral hacia adentro. El era proveedor material y sostén de la seguridad. Ella nutría y cuidaba, mantenía el hogar en condiciones. El tomaba las grandes decisiones. Ella ejecutaba los pequeños actos cotidianos. El era responsable del techo, ella de la atmósfera que ese techo cubría. Tenían hijos sin dudarlo, porque había que tenerlos, y los hijos recibían aquel modelo y lo reproducían sin cuestionamientos. Así había ocurrido con los abuelos, con los bisabuelos, con los tatarabuelos… La familia, se decía, proveía un marco de seguridad material y afectivo, una orientación, un refugio, una referencia. Las fotos familiares se tomaban de una vez y para siempre. Si la toma se repetía a lo largo de los años, los cambios eran menores: aparecía algún rostro nuevo (una novia, un yerno, un hijo, un nieto) o los de siempre se veían más viejos. Pero en las imágenes sepiadas todos mantenían sus lugares y sus posturas. Quien fundaba una familia, erigía un edificio de estructuras rígidas e imperecederas. Cuando una mujer y un hombre se casan hoy y se comprometen a compartir una familia, ¿de qué hablan? Acaso en la mente y en el corazón de cada uno perduran imágenes míticas (provenientes de vivencias personales, de relatos escuchados, de fantasías pacientemente alimentadas) que reproducen “aquellos”retratos de familia. Sin embargo, basta con mirar alrededor para observar que el escenario familiar contemporáneo no es ya el mismo que entonces.

 

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El casamiento de María y José

Llegó el día del desposorio de María. Ser desposada significaba pertenecer desde ese mismo momento al hombre que se le había asignado para no tener relación matimonial con él hasta pasado un año. Incluso en ese lapso los desposados seguían viviendo separados, cada uno en su casa. La ceremonia fue sencilla pero linda. Tal como lo indicaba la tradición, la gente del lugar no necesitaba estar invitada para ir a la casa de María. Más aún, si algún forastero pasaba por allí y deseaba sumarse al festejo, era también bienvenido. María y José estaban sentados a la cabecera de la mesa bajita, con las piernas recogidas y recibiendo a los que llegaban. Ella, como debía ser, demostraba de manera pública su pureza total a través de su túnica blanca y de su pelo completamente suelto, que caía en sus hombros como una caricia.La gente se acercaba y les llevaba algún presente, pero lo más importante era cumplir con otro ritual de las costumbres de entonces: era fundamental halagar a la novia en voz bien alta para que todos, en especial el novio, escucharan con atención. Cuanto más se alababa la simpatía, la belleza y la pureza de la desposada, más serían las bendiciones que la pareja recibiría. Nadie alababa la inteligencia, claro. Por esos tiempos a ninguna persona se le ocurría atribuirle semejante cosa a una mujer. Luego comían. Había verduras, almendras, higos y miel. Los mayores usaban sus mejores ropas. Las mujeres vestían casi siempre de negro; los varones, túnicas amplias. Algunas personas calzaban sandalias, otras iban sencillamente descalzas. La mayoría llevaba, además de su presente, un ramo de flores silvestres-lirios, especialmente- que habían recogido en el campo y ahora usaban para adornar el lugar.El día fue avanzando, las alabanzas repitiéndose y las luces de las antorchas encajadas en las paredes de la casa fueron encendiéndose mientras el sol huía lentamente. Esas pequeñas y murmullos gratos eran otra música que se sumaba a la de las cítaras o al canto de algún salmo. La felicidad podía respirarse.Así fue el día y el lugar en que se desposaron María y José. Luego se saludaron con una leve reverencia y una más leve sonrisa y cada uno siguió viviendo en su casa. Los desposorios eran una suerte de compromiso inquebrantable que tenía, para la ley hebrea, mucho más peso aún que la misma boda que se celebraría un año después. Ese compromiso sólo podía romperse con el divorcio. Solamente el hombre podía decidir divorciarse y no necesitaba excusas ni testigos; bastaba con decir a los jueces que su esposa había dejado de agradale porque había descubierto en ella una fealdad que hasta entonces no había visto. Fácil. Claro que peor para las mujeres era la antigua ley de Babilonia según la cual el hombre debía cumplir un único trámite para divorciarse: simplemente decirle a ella la frase «tú has dejado de ser mi esposa», con lo cual la pobre tenía que irse de la casa en ese mismo instante y sin llevarse otra cosa que lo puesto. De allí que en Babilonia las mujeres fueran noche y día cargadas de joyas ya que si su marido les decía la maldita frase de repudio, debían irse en el acto y al menos se llevarían con ellas el oro de sus collares, aros, pulseras y anillos, lo que venderían para vivir hasta conseguir una vida mejor. (Extraído de La Virgen, milagros y secretos, de Víctor Sueiro).

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Como lidiar con la vida matriomonial

Comparar la vida matrimonial con una suerte de jaula no es una metáfora desconocida por estas latitudes, de modo que no sorprenderá el entusiasmo ante las dinámicas de alcoba de Perel, que prometen liberar, encantar y provocar.
Es posible tenerlo todo. He aquí ei revolucionario aporte de esta sicóloga pri-mermundista. Su manifiesto proclama que un matrimonio feliz es un matrimonio sexy, pero, ¡oh, sorpresa!, cuanto más cercana sea una pareja a nivel emocional, menor oportunidad tendrá de permanecer amante.
Esta revelación se basa en la noción cultural de que la búsqueda de la equidad en la relación atenta directamente contra el deseo erótico de hombres y mujeres. Sucede que la excitación sexual es políticamente incorrecta, y sin el vital elemento de la ¡ncertidumbre, se apaga. De hecho, la pasión florece con los juegos de poder y la distancia entre las personas.
Su visión glorifica los espacios personales entre los esposos, entre la madre y el niño, y sobre todo, la lejanía entre las facturas a pagar y el dormitorio. Pero rein-ventar las reglas de juego básicas en cualquier matrimonio equivale a plantear grandes interrogantes, a los cuales Perel retruca sin piedad: “¿por qué no?”.
¿Por qué no dejar de amamantar? ¿Por qué no una noche, o varias, fuera de casa y lejos de los hijos?
A juzgar por las estadísticas, muchas de sus posturas equivalen hoy a una estrategia de supervivencia: el 50 por ciento de las parejas se divorcian al tercer año del matrimonio y al primero de vida del hijo.
Números abrumadores, definitivamente. La ausencia del placer mata el amor. ¿Pero quién no se identifica con una mujer que, al cabo de una jornada en la que tuvo que demostrar su solvencia como profesional, madre y ama de casa, prefiere dormir antes que jugar a la vampiresa?

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Mantener el deseo en la pareja

Adiós al deseo
En su consulta, la terapeuta ha tratado cientos de matrimonios cuyas vidas han caído inevitablemente en la monotonía. Las relaciones se describen como abiertas y amorosas, pero, sin embargo, aburridas.
Al cabo de veinte años de clínica, Perel comenzó a inquietarse y decidió averiguar si era posible mantener el deseo en una relación a largo plazo y evitar el consabido desgaste. Pronto descubrió que el tema generaba un encendido debate en el cual se polarizaban dos posturas opuestas: románticos y realistas.
Los románticos, explica, son individuos que rechazan una vida sin pasión. Son aquellos que nunca dejarán de perseguir el amor verdadero o de buscar a la persona con quien el deseo nunca se extinguirá. Pero la vida es dura, y cuando la pasión merma, concluyen que el amor también se ha escapado por la ventana. Lloran entonces por la pérdida de la excitación y se niegan a echar raíces.
En el extremo opuesto, los realistas valoran el amor duradero. Opinan que la pasión conduce a que la gente se comporte de manera estúpida. Para ellos, la madurez prevalece y la excitación inicial se transforma en otra cosa: un amor más estable, respeto mutuo, historia compartida y compañerismo.
Sin embargo, detrás de ambas posiciones, las miradas esperanzadas disfrazan un anhelo secreto por mantener viva la energía erótica que hace vibrar al individuo. Y sea cual sea la razón por la que la gente se asienta, la búsqueda de esa fuerza no se extingue jamás.

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Como mantener el fuego en la pareja

Mientras mantienen su fiera pureza, las criaturas salvajes no procrean en cautiverio. Sufren y mueren. Así lo establecen los versos de D.H. Lawrence, aquel inspirado poeta que a principios del siglo pasado escandalizó a la sociedad inglesa post-victoriana con las intimidantes aventuras eróticas de Lady Chatterley.
Un siglo después, la frase viene a cuento y no precisamente por la paradoja del nacimiento de tres tigrecitos de Bengala en el zoo de Buenos Aires, sino por la publicación, en el Hemisferio Norte, de un manual que promete la fórmula mágica para levantar la temperatura en el matrimonio.
Con la rutina doméstica y la llegada de los hijos, la pasión se apaga. Y ya es sabido que una buena conexión emocional no siempre garantiza una buena vida sexual. No es posible desear lo que ya se posee. Es frecuente que estas ideas o temores sobrevuelen la atribulada realidad de cada pareja. De ahí que sea sencillo comprender el alboroto causado por la publicación de Mating in Captivity, según su versión en castellano a editarse próximamente en España (y luego por estos lares, es de esperar), La inteligencia erótica.
Esta nueva biblia de la vida moderna investiga las interrogantes e inquietudes más frecuentes de las parejas establecidas, en el entendido de que el sexo y la rutina hogareña no son necesariamente irreconciliables.
Según Esther Perel, la autora del best seller del momento, hoy en día, la historia de la sexualidad de los esposos habla de la muerte de la pasión, por lo que su propuesta insta a explorar las complejidades y contradicciones del amor y del deseo.
Entre sus postulados, ella afirma que el misterio del erotismo radica en la tensión entre el anhelo por alguien y su posesión, y es examinando y trabajando estas preguntas y presiones culturales que dan forma al sexo domesticado, como se inyectan nuevos bríos a la monogamia del siglo XXI.
Perel sabe de qué habla. Casada y madre de dos hijos, esta sicóloga nacida en Bélgica vive en Nueva York y se dedica a la terapia familiar y de parejas. Forma parte, además, del cuerpo docente del programa internacional Trauma Studies de la Universidad de Columbia y es miembro de la American Family Therapy Academy.

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Viviencias de pareja

De película.
Gabriel Bossio & María José Garófali Hay dos hogares en funcionamiento y muchas idas y vueltas, no porque el afecto esté en duda, sino porque el trabajo así lo exige. La cita es en la productora que él fundó en Montevideo, luego de filmar su primer largometraje, Joya, hoy a punto de estrenarse en el circuito comercial. Sin embargo, ambos van y vienen de Buenos Aires continuamente. No es casual que su película gire en torno a una pareja que, debido a aprietos económicos, se va a vivir a Piriápolis. “Trata sobre la convivencia. De alguna manera tiene que ver con nosotros, porque estuvimos viviendo en Chile un año, después dos a pleno en Buenos Aires y hace tres que estamos mitad allá y mitad acá” admite el director. Las cámaras los unen y separan desde un principio. Mientras Gabriel, que pertenece a la primera generación de egresados de la Escuela de Cine del Uruguay, rodaba su corto de graduación en el hotel Carrasco, ella deambulaba por las locaciones como asistente sin toparse con su futuro amor. Más tarde, contratado zafralmente por una productora, conoció a María José con la mente despejada y pasó lo que debía pasar. “Fuimos pareja primero y después trabajamos juntos” cuenta ella. Luego las aguas se dividieron naturalmente. “Está bueno que nos dedicamos a lo mismo’,reflexiona él, “porque dos por tres tenemos que viajar, o terminamos de filmar a las cinco de la mañana, y eso es difícil de entender si tenes un ritmo de vida estructurado” Sobre la tolerancia y la confianza han cimentado la pareja a lo largo de ocho años. ¿Formalizar? “Va a terminar sucediendo’, admiten estos treintañeros, “pero lo venimos pateando’. Todavía no saben si recorrerán un camino tradicional, pero lo cierto es que las ganas de formar una familia laten en ambos. “Para ahí vamos” remata María, sin dar fechas.

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Historias de parejas

Con mucho estilo.
Pablo Sacco & Flavia Pintos. Cuando ella se presentó al casting para ser la nueva conductora de Estilo no estuvo mal, sino espantosa, según ella misma reconoce. Los nervios le jugaron una mala pasada. Sin embargo, el productor del programa notó en la modelo una frescura para improvisar que valia la pena ser explotada. Se la cruzó casualmente en un evento, le dijo que le daba una segunda oportunidad, y esa vez fue la vencida. Micrófono en mano, Flavia se transformó en la flamante imagen del ciclo, que llegó a completar ocho temporadas.
Incorporaron viajes y reportajes de todo tipo hasta que a fines del verano de 2006, el after hour de una nota pasó a mayores. Sacco la invitó a cenar, y entre sushi y champagne, jefe y subalterna entraron en confianza. Él, que tiene dos hijos, venía de un divorcio. Ella no tenia compromisos. De manera que ese mismo invierno estaban instalándose juntos en un barrio privado. Luego de dos años de impasse en lo televisivo, acaban de volver al ruedo con Twister, que va por VTV los viernes de noche, y tienen la firme intención de que este proyecto, en el que la opinión de ella tiene más peso que antes, logre tentar a productores del exterior. Para la boda hay tiempo, considera Flavia a sus 26 años. “Estamos bien así. No tenemos fecha ni nada por el estilo. Pero obviamente, en algún momento me querré casar’.’
“Ella criará hijos y yo nietos’,’ bromea él, a sus 42 años. Entre tanto, aunque concubinos y socios, cada uno sigue con asuntos paralelos: ella con comerciales y desfiles; y él, vaya paradoja, registrando casamientos.

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