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Los tabús en la pareja

 Los tabús en la pareja

El mensaje es siempre claro: “no toques”, lo que varía es la forma de ser transmitido, es decir que no solamente se lo transmite en forma verbal, sino que a veces es en el silencio donde está ubicada la prohibición, por ejemplo en padres que no se tocan, ni se acarician entre ellos o con sus hijos. Estos son padres que no se pueden, ni pueden, permitir la expresión física espontánea de los sentimientos, las caricias o la proximidad.
Los niños que crecen en este ambiente, aprenden a reprimir el impulso que los lleva a acercarse a las personas del mismo sexo o del sexo opuesto. Crecen tímida y recatadamente, contaminando el abrazo y la proximidad natural.

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Las caricias en la pareja tienen su importancia

Las caricias en la pareja

Ana, de 27 años me comenta: “A mí me gusta que me acaricien aunque me da miedo, vergüenza y culpa. En mi familia no nos tocábamos ni nos besábamos, nunca teníamos ningún tipo de contacto físico. Cuando conocí a Jorge, no entendía por qué tenía que estar tocándome todo el tiempo, lo sentía pesado e invasor. Tardé bastante tiempo en aprender a disfrutar el placer de ser acariciada así como el placer de la proximidad física con el otro”. Ménica, de 35 años, se queja: “Nunca me abraza, no me besa ni me acaricia, sólo se acerca cuando quiere sexo. A veces creo que soy transparente, o lo que me hace sentir peor, me siento casi como una pared. No sé cómo hacerle entender que necesito que me acaricie y que me toque más allá del coito.” Carlos, de 38 años, me cuenta: “Algunas mujeres creen que las acaricies o las toques querés tener sexo con ellas. Pareciera que el tocarlas las pone nerviosas. A veces creo que están a y lo que quieren es que todo termine rapidito.” Los niños saben, antes que la atracción sexual aparezca como más que curiosidad natural sobre las diferencias anatómicas, que está mal la exploración recíproca. Aprenden de nosotros, los adultos, que el cuerpo humano es indecente, que hay que evitar estar desnudo, y si mirar o ser mirado es malo, mucho peor es tocar o ser tocado. De la fuerza de este mensaje dependerá el grado de incomodidad que sientan las personas frente a otras.   Esto varía desde la confusión, la vergüenza hasta la culpa. La lección se aprende desde los primeros años de vida, y queda firmemente inculcada aunque las prohibiciones específicas puedan variar según situación, la edad de los niños y los valores de la familia.

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La infidelidad en el matrimonio y sus tipos

La fidelidad en el matrimonio y sus tipos

Hoy no es mañana.
¿Cómo se podría, entonces, comprometer un sentimiento? Parece un propósito imposible, un intento de actuar contra la naturaleza de las cosas. Nada tiene raíces más profundas y exclusivas en el presente, en el aquí y ahora de la vida de cada individuo, que los sentimientos. Yo amo, odio, estoy triste, estoy feliz, me siento agradecido o dolorido, hoy. Mi amor, mi odio, mi tristeza o mi felicidad del pasado son recuerdos, son experiencias, son vivencias, pero no son lo que siento hoy y aquí. Y mis sentimientos del futuro son deseos, ilusiones, imaginación, pero no están en mí en este momento. Es imposible sentir “a cuenta”.
Respaldado en mi amor de hoy, puedo actuar con fidelidad v puedo afianzarme en la sensación de que así continuaré. Pero estos son un sentimiento y una sensación de hoy. No de mañana. ¿Y mañana? ¿Seré fiel?.

No todos los actos de infidelidad se pueden medir con la misma vara: importa el momento de la pareja, la situación personal de cada uno, el contexto del episodio. Hay infidelidades accidentales, las hay por represalia y existen también -son las más graves- las infidelidades compulsivas (es decir a repetición, casi un “modo de vida”). Si bien todas son síntomas -y es importante averiguar, incluso para el infiel, síntomas de qué, como decía Whitaker-, las repetitivas son las más graves, ya sea que se trate de un “único” tercero o tercera (una suerte de romance paralelo) o de una amplia variedad. En esos casos uno de los miembros de la pareja (el compulsivo) está enviando un fuerte mensaje, consciente o inconsciente, que debe ser escuchado sin demoras. En realidad se está “yendo” de la pareja o está conspirando contra ella. Como cada pareja está constituida por dos personas únicas, su matrimonio termina siendo una experiencia única y que les pertenece por entero. Por eso las “aventuras” incluyen una gama extensa de posibilidades y razones, que sólo se entienden cuando se encuadran en la historia y la situación de la pareja afectada. Los investigadores Janet Reibstein y Martin Richards, especialistas en matrimonio y familia, señalan en su libro Acuerdos sexuales (matrimonios y aventuras) que esa variedad incluye desde quienes sienten que la aventura fortaleció a su matrimonio y permitió  reformularlo, hasta quienes la señalan como el fin de la pareja. En todo caso, si, como se dijo, las promesas de fidelidad comprometen una conducta pero no pueden involucrar el futuro del sentimiento, hay algo que es cierto: cuanto mayor resulta el compromiso emocional entre los miembros de una pareja, menores son los resquicios por los cuales la sombra fugaz o permanente de un tercero puede infiltrarse en la intimidad y socavarla. Ese compromiso no se produce porque sí, automáticamente; tampoco basta con un juramento para establecerlo. Es cuestión de mantenerse en contacto con el otro. Es decir, en con: real. Para esto es necesario verlo como es y no como quisiéramos que sea, establecer puentes de confianza y de aceptación, no barrer debajo de la alfombra aquellas cosas de nuestra pareja o del vínculo que no nos gustan o que nos hacen sufrir y saber que también nosotros somos falibles para el otro. “El matrimonio occidental de compañeros está muy lejos de ser un modelo humano universal -advierten Reibstein y Richards-; es un invento reciente en la historia que parece ofrecer seguridad.” apoyo en un mundo cambiante e incierto.

Para muchos su promesa inicial tiene una vida corta. Algunos son capaces de renegociar y crear una alternativa más sostenible. mientras que otros se descorazonan y buscan las mismas ilusiones en otra parte”.
Esto significa, una vez más, que el matrimonio es el comienzo y no el final de la historia de la pareja que se casa. Los juramentos de una vez y para siempre pueden sonar román tic. -engañosos. Pero esto no significa que no existe la posibilidad de mirar hacia el futuro y encontrarlo. Siempre y cuando esa mirada tenga su fundamento en el presente, en la relación verdadera de cada día. En la presencia cotidiana junto al otro, en la exploración conjunta de los nuevos territorios físicos y emocionales es donde se construye el compromiso emocional y también algo más profundo y sólido que la simple fidelidad: la lealtad.

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Las caricias y la sexualidad en la pareja

Las caricias  y la sexualidad en la pareja

A medida que van creciendo, los niños se dan cuenta que las prohibiciones de los padres no son más que órdenes restrictivas dadas por personas, sus padres, que están perdiendo autoridad. En la adolescencia empiezan a revertir este modo de contacto y comienzan a experimentar las caricias y los besos. Por lo general, es por la insistencia de los varones que vayan pasando de caricias a toqueteos más atrevidos.
Esto no significa que los jóvenes hayan superado las enseñanzas parentales, lo único que se modifica es que ahora son las niñas las que se convierten en sustitutos de los padres diciendo “no me toques, no me acaricies”.
En este enunciado no solamente encontramos un eco del mandato familiar, sino una afirmación de los enunciados sociales que dicen que el sexo es en realidad sucio, que tocar significa sexo, por lo tanto, “las manos quietas”.
De esta conducta también podemos detectar el código que sostiene la doble moral: las mujeres esperan que los varones sean sexualmente más agresivos, y éstos esperan que las mujeres se les resistan. Si ésto no se da algo se supone que anda mal. Con este funcionamiento lo que se hace es afirmar que es respetada la vitalidad sexual masculina y no así la femenina. Además, este doble código enfrenta las mujeres con los varones. Si el varón gana la mujer pierde. El sexo aparece como una lucha de poder y de géneros.
La palabra amor, así como el sentido del tacto pasa a ser desvalorizada. El acercamiento físico, limitado en la infancia, y no vivido como una manera espontánea de dar y recibir afecto, pasa a ser solamente sinónimo de provocación sexual. El acto de tocar y acariciar pasa a ser considerado exclusivamente un medio para un fin, sólo un preludio para el coito.

Una vez establecida la relación sexual entre una pareja, el tocarse pasa a ser solamente una forma no verbal de comunicarse su deseo genital. Aparece como algo funcional apareciendo limitado su valor. En general es entendido básicamente más por los varones que por las mujeres como una pérdida de tiempo así como una postergación innecesaria del coito.
El tocar y acariciar no es valorado como un fin en sí mismo, sino únicamente para iniciar el coito, la estimulación táctil pasa al servicio de la gratificación sensual para poder llegar al sexo. Tocar y acariciar son un fin en sí mismos, constituyen una forma primaria de comunicación, como una voz silenciosa que evita las trampas de las palabras expresando las emociones del momento -La Dra. Shere Hite, en su libro “El informe Hite” dice: “Algunas veces se ha dicho que las caricias son cosa de gente madura, algo que la gente hace solamente cuando no es capaz de seguir adelante. Esto, por supuesto no es verdad, las caricias desde tiempo inmemoriable, han sido principalísima forma de sexualidad, a diferencia de la genitalidad, pero una vez más fueron condenadas por los códigos judeo-cristianos a menos que fuesen preludio para el coito, continuando con ese estatus hasta el momento.
No hay razón para que no debamos crear tantos grados diferentes y clases de sexo como queramos, conduzcan o no al orgasrmo sean o no genitales.
Si la definición de placer sexual es sostener el deseo y consumarlo, excitarse más y más, se abren más posibilidades para este  de para excitar a otra persona.
El ‘sexo’ es mayor que el ‘orgasmo’, e implica cualquier clase de intimidad profunda que se comparte con un otro. El intenso contacto físico por medio de las caricias es una de las actividades posibles más satisfactorias en y por sí mismas.”

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Consejos para mejorar la vida en pareja

Consejos para mejorar la vida en pareja

La luz amarilla.
¿Y qué ocurre cuando el compromiso se rompe? El prestigioso terapeuta familiar Frank Pittman dice en su libro Momentos decisivos: “Si un cónyuge previera que el otro va a serle infiel se vería enormemente entorpecida la confianza e intimidad del matrimonio. La mayoría de las personas creen firmemente en la fidelidad; no dudan de la cónyuge y, en general, confían en la propia. La fidelidad sigue siendo para ellas un ideal, aunque no siempre lo alcancen. Por ende, no sólo es más exacto, sino también más útil, ver en la infidelidad un desajuste sintomático. Lo importante es determinar un síntoma de qué.

Cari Whitaker, otro especialista en la materia, cuenta que cuando una pareja vino a consultarlo porque la infidelidad se había instalado en su matrimonio, él les respondió: “Estaré muy contento de ayudarlo de una de estas dos maneras. O bien dejan de andar acostándose por ahí y ponen el acento en el intercambio emocional entre ustedes, o bien me traen aquí a toda la pandilla. Ustedes están usando como psicoterapeutas a esos de allí afuera (sus amantes); saben que no me gusta la infidelidad, y me están siendo infieles a mí”.
Lo que para Whitaker está claro es que el o los “terceros” no suelen significar algo en sí mismos, sino que funcionan como pretextos o detonantes de situaciones internas de la pareja. Es decir, la infidelidad no es una tormenta en cielo despejado. Se va gestando, germina en medio de ciertos desencuentros, generalmente negados, ocultados o esquivados por una o ambos miembros de la pareja.
“Reducir un tema tan complejo como la infidelidad a una cuestión tan adolescente como es la presencia o la ausencia del “amor” es una soberana idiotez”, señala de un modo terminante el doctor Pittman. “En un matrimonio hay amor y odio, lujuria y repulsión, envidia y culpa, piedad, aversión, admiración, dependencia, miedo y todas las demás emociones conocidas y desconocidas”. De la compleja química de esas emociones puede resultar, en determinado momento, un acto de infidelidad. De acuerdo con este especialista “una aventura amorosa puede ser un mensaje dirigido al cónyuge, un pedido de mayor atención o una sugerencia sobre cómo le gustaría que fuera”. Y apunta: “En todo este proceso, es posible que el cónyuge engañado no se de cuenta de que hay problemas en el matrimonio”.

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La fidelidad en la pareja

la fidelidad

Las parejas que inician sus trayectos se prometen cumplir con sus sueños, apoyarse en los empeños de cada uno, sostenerse. Se juran amor, tejen planes. Y se prometen, también, fidelidad. Aunque de esto se habla menos que de los puntos anteriores. Sumergidos en el oleaje del enamoramiento, en la emoción  de la convivencia inminente y bañados por la luz prometedora del futuro, generalmente de eso no se habla. La fidelidad se da por sabida y por sentada.

Después de todo, quienes se casan hacen una apuesta fuerte: eligen a su pareja, optan por la monogamia.

Hoy no es mañana.
¿Cómo se podría, entonces, comprometer un sentimiento? Parece un propósito imposible, un intento de actuar contra la naturaleza de las cosas. Nada tiene raíces más profundas y exclusivas en el presente, en el aquí y ahora de la vida de cada individuo, que los sentimientos. Yo amo, odio, estoy triste, estoy feliz, me siento agradecido o dolorido, hoy. Mi amor, mi odio, mi tristeza o mi felicidad del pasado son recuerdos, son experiencias, son vivencias, pero no son lo que siento hoy y aquí. Y mis sentimientos del futuro son deseos, ilusiones, imaginación, pero no están en mí en este momento. Es imposible sentir “a cuenta”.
Respaldado en mi amor de hoy, puedo actuar con fidelidad v puedo afianzarme en la sensación de que así continuaré. Pero estos son un sentimiento y una sensación de hoy. No de mañana. ¿Y mañana? ¿Seré fiel?

Esta pregunta nos introduce en una zona sensible de la cuestión. Si me propongo cumplir con mi palabra (ya sea por dignidad, por honestidad, por una cuestión de principios, por sensibilidad, por temor o por empecinamiento), seguramente seré fiel. Pero eso no necesariamente significa que continuaré amando. Es que la fidelidad no es un sentimiento. Es una actitud, un comportamiento, una conducta. Por eso se puede prometer y, sobre todo, se puede cumplir.
Quizá no siempre percibimos esta diferencia, porque los mensajes, los mandatos, las palabras que hemos recibido desde la niñez nos dijeron que fidelidad y amor son la misma cosa. Sin embargo, se puede ser fiel sin amar (limitándose a hacer coincidir la conducta con el juramento). Y se puede amar aún habiendo roto el pacto. Esta conclusión, no tiene por qué resultar decepcionante más bien, coloca las cosas en su lugar. Así, la fidelidad bien entendida y mejor experimentada es una consecuencia de la vida en pareja. Es un fruto de las vivencias compartidas, de las situaciones atravesadas, de los momentos transitados, del conocimiento adquirido acerca del otro y de uno mismo. La fidelidad obtenida así es un ejercicio constante de reelección. A lo largo de las experiencias que atravesamos juntos elijo una y otra vez a mi pareja v al reelegirla renuevo mi compromiso de fidelidad.

 

 

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Después del casamiento

Después del casamiento

Todos nosotros somos fruto de un modelo familiar. Ahí prendimos nuestras primeras nociones acerca de lo que es un hombre y una mujer, un padre y una madre, un hermano y una hermana, un hijo, y también acerca de lo que se espera de ellos, de lo que se les permite y de lo que se les prohibe. Eso nos marca profundamente y está presente en la formación de nuestra propia familia. Pero no nos convierte, necesariamente, en prisioneros de ese modelo, ni en responsables de repetirlo y continuarlo.

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El gran desafío de la familia

El gran desafío de la familia

 El gran desafío.
En estos días la construcción de una familia puede ser, como nunca, la gran oportunidad de aprender y ejercitar el siempre necesario, siempre sanador y siempre difícil arte de la aceptación Esto es así porque, desde el vamos, una familia se compone de lo diverso (un hombre y una mujer, con dos historias diferentes, con  identidades distintas). Los hijos, a su vez, son distintos de los padres, como éstos lo fueron de los abuelos (más allá de cualquier pretensión, no hay ni han habido en la historia humana dos personas iguales; lo que nos hace valiosos es nuestra condición de únicos y no el hecho de estar hechos a imagen y semejanza de otros, llámense padres o hijos). Para los padres y para los hijos, cada día se presenta la situación en la cual hay que convivir con las necesidades, las modalidades, las características del otro y de los otros. Y a todos se les plantea el desafío de aceptar (aceptar no es bancar”, es dar por bueno lo del otro y continuar amándolo). Cuando nuevas personas (novias o novios, amigas o amigos de los hijos, amigas o amigos de cada uno de los cónyuges) se acercan a  se núcleo familiar, el desafío de la aceptación reaparece: ¿se los ruede aceptar sin intentar modificarlos, sin juzgarlos, sin condiciones, se los puede aceptar y hacerles un lugar bajo la sombra familiar? El desafío de la aceptación se plantea, también, cuando vemos a estro alrededor que hay otros modelos familiares y podemos convivir con ellos sin pretender que el nuestro es mejor o es el único y que los otros “deberían” adecuarse a él o imitarlos. Y, por puesto, cuando eludimos la creencia de que el otro es mejor y lo observamos con los cristales de la envidia.

 

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La evolución de la familia en los últimos tiempos

Construir una familia no fue nunca una empresa fácil. En una familia convergen dos historias totalmente diferentes, convergen prácticamente dos culturas, dos tradiciones, dos líneas de mandamientos, dos cúmulos de expectativas. Los últimos treinta años de este siglo han sido revolucionarios en muchos aspectos, los tiempos reales y virtuales se aceleraron de manera a veces increíble, los cambios tecnológicos, científicos, políticos y económicos han sido abrumadores. Y ha habido también una profunda revolución vincular de la cual muchas veces, por ser protagonistas, no tomamos conciencia cabal. Empezó con la creación de la píldora anticonceptiva al promediar los años cincuenta, continuó con los movimientos de liberación femenina de los sesenta y la revolución sexual de los setenta hasta llegar al desconcertante y desconcertado presente. Toda esa secuencia tuvo incidencia directa sobre la familia. La moderna anticoncepción no sólo influyó sobre la planificación familiar, sino que depositó en la mujer gran parte del poder de decisión (la píldora es algo que toma ella, el diafragma o los dispositivos intrauterinos están en su cuerpo); los movimientos feministas que cuestionaron los roles tradicionalmente asignados a la mujer iniciaron un camino por el cual ella salió de esa “reserva femenina” que era el hogar y empezó a actuar en el mundo externo, en el campo laboral, estudiantil, profesional, etc. El modelo “el hombre en el trabajo, la mujer en la casa”, dejó de ser el único. Con la revolución sexual la familia dejó de ser también el único espacio “oficial” de la sexualidad, hombres y mujeres (sobre todo ellas) empezaron a gozar de una mayor libertad de elegir, la familia debió abrirse (al educar a los hijos) a la existencia del sexo como algo natural de la vida, la buena sexualidad empezó a ser también uno de los requisitos de la felicidad conyugal y la mala una razón para el debilitamiento de la pareja.

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Construyendo una familia

Construir una familia no fue nunca una empresa fácil. En una familia convergen dos historias totalmente diferentes, convergen prácticamente dos culturas, dos tradiciones, dos líneas de mandamientos, dos cúmulos de expectativas. Más allá del amor y de la intimidad de los cónyuges, todo lo demás son piezas de dos gigantescos rompecabezas que -si se piensa bien- sólo pueden armarse por milagro. Para que ese milagro se produzca son imprescindibles ciertos ingredientes: capacidad de aceptación, tiempo, presencia afectiva, solidaridad. Con esto se puede engendrar una familia nutricia, que cuide sin ahogar, que haga crecer a sus componentes, que tenga capacidad de evolucionar. Sin esto se puede cumplir con los “deberes familiares”, acumular resentimientos, “encarcelar” o “echar” (según sea el caso) a los miembros y simplemente durar, como lo han hecho tantos grupos familiares a lo largo de la historia humana.La evolución de los usos y costumbres sociales ha dado lugar al complejo mosaico familiar que advertimos hoy. La foto de la familia ya no es una foto fija; hoy se trata, más bien, de una película. La imagen se mueve, los protagonistas van y vienen, cambian de lugares, la escenografía se transforma. Salvo la necesidad innegociable del amor de sus fundadores, la familia tiene cada vez menos leyes fijas, menos mandatos que deben obedecerse ciegamente aún a costa del desarrollo y de la felicidad de sus miembros.Hoy una pareja sin hijos es también una familia, una pareja de personas que se vuelven a casar es una familia, una pareja que incluye como hijos a “los tuyos, los míos y los nuestros” es una familia. Los hijos que no siguen ciegamente los mandatos paternos son parte indisoluble de la familia. Si en una pareja ella se dedica más al trabajo y él más al hogar son una familia.

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