El casamiento de María y José

Llegó el día del desposorio de María. Ser desposada significaba pertenecer desde ese mismo momento al hombre que se le había asignado para no tener relación matimonial con él hasta pasado un año. Incluso en ese lapso los desposados seguían viviendo separados, cada uno en su casa. La ceremonia fue sencilla pero linda. Tal como lo indicaba la tradición, la gente del lugar no necesitaba estar invitada para ir a la casa de María. Más aún, si algún forastero pasaba por allí y deseaba sumarse al festejo, era también bienvenido. María y José estaban sentados a la cabecera de la mesa bajita, con las piernas recogidas y recibiendo a los que llegaban. Ella, como debía ser, demostraba de manera pública su pureza total a través de su túnica blanca y de su pelo completamente suelto, que caía en sus hombros como una caricia.La gente se acercaba y les llevaba algún presente, pero lo más importante era cumplir con otro ritual de las costumbres de entonces: era fundamental halagar a la novia en voz bien alta para que todos, en especial el novio, escucharan con atención. Cuanto más se alababa la simpatía, la belleza y la pureza de la desposada, más serían las bendiciones que la pareja recibiría. Nadie alababa la inteligencia, claro. Por esos tiempos a ninguna persona se le ocurría atribuirle semejante cosa a una mujer. Luego comían. Había verduras, almendras, higos y miel. Los mayores usaban sus mejores ropas. Las mujeres vestían casi siempre de negro; los varones, túnicas amplias. Algunas personas calzaban sandalias, otras iban sencillamente descalzas. La mayoría llevaba, además de su presente, un ramo de flores silvestres-lirios, especialmente- que habían recogido en el campo y ahora usaban para adornar el lugar.El día fue avanzando, las alabanzas repitiéndose y las luces de las antorchas encajadas en las paredes de la casa fueron encendiéndose mientras el sol huía lentamente. Esas pequeñas y murmullos gratos eran otra música que se sumaba a la de las cítaras o al canto de algún salmo. La felicidad podía respirarse.Así fue el día y el lugar en que se desposaron María y José. Luego se saludaron con una leve reverencia y una más leve sonrisa y cada uno siguió viviendo en su casa. Los desposorios eran una suerte de compromiso inquebrantable que tenía, para la ley hebrea, mucho más peso aún que la misma boda que se celebraría un año después. Ese compromiso sólo podía romperse con el divorcio. Solamente el hombre podía decidir divorciarse y no necesitaba excusas ni testigos; bastaba con decir a los jueces que su esposa había dejado de agradale porque había descubierto en ella una fealdad que hasta entonces no había visto. Fácil. Claro que peor para las mujeres era la antigua ley de Babilonia según la cual el hombre debía cumplir un único trámite para divorciarse: simplemente decirle a ella la frase «tú has dejado de ser mi esposa», con lo cual la pobre tenía que irse de la casa en ese mismo instante y sin llevarse otra cosa que lo puesto. De allí que en Babilonia las mujeres fueran noche y día cargadas de joyas ya que si su marido les decía la maldita frase de repudio, debían irse en el acto y al menos se llevarían con ellas el oro de sus collares, aros, pulseras y anillos, lo que venderían para vivir hasta conseguir una vida mejor. (Extraído de La Virgen, milagros y secretos, de Víctor Sueiro).

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